martes, noviembre 06, 2007

Salmona . Homenaje


“Tríptico rojo”

(Escribe: Juan-Manuel Roca).

Este libro, Tríptico Rojo, es antes que nada una construcción [Ed. Taurus, Bogotá 2007]. El levantamiento lo realiza una mirada particular de los espacios que han sido decisivos para Rogelio Salmona, la viga maestra la levanta su estatura humana, la techumbre se extiende por sus páginas que son a la vez estancias o habitaciones por las que una guía meticulosa nos conduce.
De sus múltiples conversaciones con el arquitecto colombiano, Claudia-Antonia Arcila va registrando, mientras hace las veces de una atenta interlocutora y amanuense, una memoria decisiva para la cultura colombiana.
Su lectura hace recordar que el conocimiento es la mejor manera de hurgar en unos cimientos. En algo que se construye con furor y con paciencia, al mismo tiempo. Y también, que la cuadrícula del recuerdo, algo que sobrevive a los días casi siempre de manera inconsciente, es más reveladora que la realidad inalterada.
Se trata de una poética del espacio, para decirlo con Gaston Bachelard, que establece su centro en una preocupación por el hombre y por algunas de sus más claras utopías.
Cuando narra, o revisita el jardín de la casa de su infancia, Salmona recuerda el crecimiento del niño que fue y el crecimiento de un árbol en su mirada, un árbol que daba a su habitación y que como a una suerte de “Barón rampante”, el personaje de la novela de Ítalo Calvino al que le vino la gana de vivir en una encina, lo tornaba habitante de su cuarto pero también habitante de sus ramas.
Es el regreso a los espacios míticos de la infancia, algo que de alguna manera recuerda .....

la visión de Cesare Pavese: “no es hermoso ser niños. Es hermoso pensar de viejo en cuando éramos niños”.
Esta evocación de un árbol que sigue sembrado y dando sombra en el jardín de la memoria, es algo que me parece de mucha importancia para entender una parcela de la obra de Salmona, no un simple ejercicio de la nostalgia, si recordamos la trascendencia que le da en sus construcciones a la naturaleza, a ese entorno vegetal que no riñe con la arquitectura, con un arte que es para bien y para mal una suerte de sobrenaturaleza.

Todo esto, expresado sin la frialdad de los tecnicismos, sin las nieves perpetuas de un decálogo y sin el hielo de las teorías.
Una historia de los espacios puede hablarnos de manera más veraz que una historia de los hitos arquitectónicos, como lo recordara con tanta precisión José Luis Romero, en contra de la visión “presentista” que desprecia y anula las huellas.

Lo que hace Rogelio Salmona en su obra y también en este largo coloquio con Claudia Antonia Arcila, es sentar una teoría de las resonancias, de lo que queda como eco en la memoria, sin olvidarse de sus huellas, de los pasos dados en la andadura del mundo. Huellas que pueden ser un sonido, un olor o una textura guardada en la memoria del tacto, como ocurre con los ciegos y sus manos habitadas.

En las aduanas no sospechan los paisajes que llevan escondidos en sus dedos.
De ahí, de esa exploración sensorial en yunta con la razón, su insistencia en la poesía. De ahí también su insistencia en leer los espacios para encontrar sus más escondidos secretos, algo que fuera tan caro a los lectores de piedras y tarascas, como sucedía con los resabiados Villon y Rabelais, dos virtuosos conocedores de las catedrales y de la interpretación que puede hacerse de un espacio, dos especialistas en la lectura que puede hacerse de una casa, incluida la de Dios.
Leer este libro es repasar rincones y entender que la buena arquitectura se edifica no solo en la monumentalidad sino en la casera humildad de lo que no tiene grandes pretensiones estéticas, en aquello que enaltece y dignifica la historia cotidiana.

El ojo atento de Salmona, sí, pero también su atención a otros sentidos menos enaltecidos por el arte, vive en vigilia permanente, adueñándose desde una mirada múltiple de lo que sirve para estar y para sentir, de lo que no son formas de artificio, como en la vieja parábola del escultor que sabe que en toda piedra hay escondida una escultura, que el tino o el talento está en eliminar lo que le sobra.
Y el ritmo. Es casi seguro que una casa sin ritmo pueda caerse al primer temblor. No hay construcción de Salmona que no posea un ritmo, algo que está habitado desde adentro. Sabe muy bien que hay edificios cuyos espacios interiores son música de cámara, música para uno o dos habitantes en los que cada uno toca su parte. Y música abstracta y hasta música aleatoria que subraya o determina el discurrir de una obra. Una casa abandonada, de tal manera, debe cantar a capela, seguramente de manera asordinada. Todo deviene música y diálogo en la mejor arquitectura.
La suya es una arquitectura que aún en sus aspectos más abstractos no intenta sofocar las emociones ni escamotear la interpretación, como si se tratara de un músico que busca silencios y voces en el espacio elegido. Es una forma de traducir los espacios, con todas sus cargas históricas y emotivas, de trasladarlo a un lenguaje propio que se articula con ellos, algo así como un fecundo diálogo casi imperceptible que se establece entre el adentro y el afuera.

Nunca pierde de vista que, como lo insinúa Wittgenstein, toda arquitectura es lenguaje.
Resulta placentero leer las opiniones de nuestro emblemático arquitecto a propósito de la poesía y de la música como parte fundamental de su quehacer arquitectónico, como una fragua para fundir los metales de una suerte de arte combinatorio.
Lo mismo ocurre con sus apreciaciones de los edificios ceremoniales, así sea de los vestigios de arquitecturas que para él resultan más sorpresivos y estimulantes a la imaginación en la vivencia personal que en los libros de historia, que en la más cimentada erudición.
Lo anterior es algo que me hace recordar al Henri Michaux de “En otros lugares”: “¿Por qué sólo las ruinas y las más humildes chozas consiguen conmovernos y parecer más humanas, aunque habitarlas sin duda resulte incómodo, mientras que las casas confortables son siempre engorrosas, hostiles y extrañas?”.

Quizá ocurra lo mismo, se podría aventurar, con esas escaleras que no conducen a ninguna parte, que solitarias en un terreno baldío o en el campo parecen, desmembradas de lo que fuera una casa, que siguieran levantadas para conducir con decisión al vacío.

Es algo que mueve a la pregunta, una especie de mapa de lo invisible que siempre estimula a la imaginación.
Ese sentido de lo que falta o de lo que alguna vez fue, parece ponerse de manifiesto cuando Rogelio Salmona construye sus edificaciones y, por supuesto, cuando emprende todas estas reflexiones de las que somos sus privilegiados lectores o sus privilegiados oyentes. En esta segunda instancia reflexiva se nos revela, una vez más, como un pensador, como un poeta y como un humanista.
Otro asunto al que nos conduce su pensamiento tiene que ver con la forma como se vive en un pedazo del mundo, como se habita un paisaje.

De tal manera hay universos trasladables si habitan en la casona del cuerpo, en la parte más memorable y vívida que guardamos, sin duda en una memoria transformada por las potestades del recuerdo.
Lo que no puede trasladarse quizá sea el tipo y la intensidad de la emoción, pero sí algunas de sus resonancias, algunos traslados jamás mecanizados de una a otra realidad.
Recuerdo, mientras leo un paraje en el que Rogelio Salmona fusiona un rincón del barrio de su infancia bogotana -el barrio Teusaquillo-, con un rincón de París, la carta que recibió un amigo de parte de un colombiano que vivía por entonces en Inglaterra. Le decía, en medio de las grandes soledades lingüísticas y de las grandes soledades vitales, que “Londres es igual a Teusaquillo, pero sin amigos”.

Uno, parece decir el arquitecto colombiano, puede crearse sus propios rincones, puede ejercer de manera clandestina una trata de paisajes para fundar su propia ciudad dentro de la ciudad, si se sabe habitar el paisaje, dotarlo de sí. Pero no se puede cambiar de raíces. Por eso le es tan difícil al extranjero retoñar o echar nuevas raíces en patios que le son ajenos, porque difícilmente puede ser trashumante el sentido de la pertenencia.
Inútil hacer una tautología de este libro realizado al alimón, de manera morosa y amorosa por Claudia Antonia Arcila y Rogelio Salmona. Más aún cuando los límites de sus propuestas son múltiples y a veces intangibles para espíritus en exceso cartesianos, como si habitáramos en una suerte de fronteras movedizas en las que, a cada tanto, se cambia de temperatura y de voltaje.
La infancia. La casa. El paisaje. La ciudad.

Sus secretos que a veces no encontramos en el afuera porque habitan en nosotros, son instancias de un volumen de hallazgos y de emociones, de una cantera de reflexiones sin precedentes en el ámbito literario de nuestra arquitectura. Es el diseño, la traza de una afirmativa identidad.
Resulta innecesario, sin duda inútil, explicarlo: “el mar no necesita que le digan que es grande”, decía Luis Vidales. Resulta inadecuado leerlo en voz alta, con la oratoria de las definiciones. Es mejor asediar al libro desde las preguntas y desde los asombros interiores, es mejor compartir pálpitos y ejercer nuestras propias intuiciones.
Nada resulta más cierto en este caso que lo dicho por el poeta checo Vladimir Holan en uno de sus inquietantes poemas de “Una noche con Hamlet”: “el buen vino está en sí mismo... El arte también”.

(Ref.: “Cronopios”, diario virtual, Bogotá 29 de abril de 2007. Prólogo del libro “Tríptico Rojo - Conversaciones con Rogelio Salmona”, Taurus 2007)

Que te acoja la muerte con todos tus sueños intactos.«Amén», de Álvaro Mutis.

Editado por Marcelo.

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